miércoles, 3 de septiembre de 2008

Recordando el Katrina (1ª Parte)


Las múltiples noticias sobre la posibilidad de que un nuevo huracán arrasara la ciudad de Nueva Orleans como ocurrió hace ya tres años me han traído al recuerdo mi experiencia en Nueva Orleans durante el famoso Katrina. Aunque no pocas personas dudan de que en efecto estuve allí durante aquellos fatídicos días, aquella experiencia me marcó en muchos aspectos y no quería dejar pasar la oportunidad de poder rememorar lo que yo viví en memoria de todas aquellas personas que no tuvieron la misma suerte que yo durante aquellos largos días

Finales de un típico Agosto en la bonita ciudad de Madrid. Un calor seco recorre la ciudad desierta, mientras perfilo los últimos detalles de mi enorme maleta. Mi primera salida realmente alejado de todo lo que me rodea y mis primeros miedos a la hora de afrontarla. No voy a negar que tenía miedo, para que hacerlo cuando todos nosotros hemos sentido o sentimos miedo a la hora de afrontar nuevas experiencias en nuestra vida. Es inútil hacerse pasar por el más duro del barrio, si en el fondo te sientes como el ser más débil. En aquellos instantes he de reconocer que me sentía como un ser débil por todo lo que me había ocurrido y las decisiones que ante ello había decidido tomar. Había decidido olvidarme de todo y de todos, ya que había tomado la decisión de marcharme un año. Todo dejó de importante ya que me iba y huí de las decisiones que tenía que tomar en aquel momento porque creía que se solucionarían al irme. Pero la vida me enseñó una gran lección cuando tuve que regresar de nuevo y esta vez sí, tuve que tomarlas. Desde aquel momento, me prometí a mi mismo no volver a cometer el mismo error y espero no estar volviendo a caer en lo mismo.

Pero siguiendo con la narración de los hechos, en los últimos días de agosto cuando Madrid empezaba a despertarse cogí un avión rumbo a Nueva Orleans, parando primero en Atlanta. Una vez llegado a Nueva Orleans, el destino me impulsó a visitar la ciudad aquella misma tarde-noche de mi llegada. Me explicaron como llegar al centro y lo primero que hice fue coger el famoso tranvía de la ciudad. Fui pegado a la ventanilla viendo todo lo que iba pasando a mi alrededor y sentí que aquel no era el país que había imaginado pero que a su vez me atraía enormemente. Ese viaje en tranvía parecía que me llevaba a otros tiempos y hasta llegué a sentir nostalgia mientras veía a la gente sentada a mi alredor. Un viaje en tranvía es como la vida misma, con sus continuas paradas para que entren o salgan diferentes acompañantes en tu viaje. Algunos viajan contigo unas pocas paradas, otros te acompañan durante un largo trayecto y algunos hasta el final.

Esa fue la única vez que tuve la oportunidad de visitar el centro de Nueva Orleans y en concreto la mítica calle Bourbon o Borbón street (que en algún tiempo fue española). Paradójicamente, sólo con ese corto momento pude descubrir el encanto de aquella ciudad. Respiraba alegría y libertad paseando sólo por aquella concurrida calle, mientras escuchaba la música en vivo que retumbaba al paso de cada bar. Desde rock hasta jazz, toda esa mezcla de diferente música daba forma a una especie de mundo irreal. Una sensación que también sentí en otros momentos como cuando estuve paseando por el barrio de Nueva Orleans marcado por el espiritismo y la magia y en donde su antiguas mansiones coloniales tenían el poder de infundir temor y respeto a partes iguales.

Una vez visitada aquella calle, decidí volver al hotelillo donde me hospedaba. Lo recuerdo como un lugar oscuro y un poco lúgubre, en donde dormía en una gran cama de matrimonio que me hacía sentir muy sólo. Además, el baño era de aquellos antiguos en donde costaba que saliera el agua caliente. Me costó un rato dormirme en aquella cama y ya al día siguiente fui a buscar mi universidad y encarar los primeros momentos que sin lugar a duda son los peores. Aunque sinceramente nunca pensé que llegaran a ser tan duros.

lunes, 1 de septiembre de 2008

De nuevo aqui

No resulta sencillo enfrentarte ante una página en blanco como es ahora ésta. No quiero pensar como debe ser para un escritor el enfrentarse al temido folio en blanco, y no encontrar la manera de rellenarlo. Esto mismo nos ocurre en muchos momentos de nuestra vida cuando al encontrarnos cara a cara con una situación nueva no sabemos como enfrentarnos a ella. Seguro que todos habéis sentido la impotencia de no poder expresar con palabras lo que sentís, y al hablar sólo habéis sido capaces de pronunciar palabras inconexas y sin sentido.


Si hacéis el esfuerzo de recordar algunas de ellas, seguro que algunas os hacen esbozar una sonrisa, otras os hacen sentir ese momento de nerviosismo que teníais o incluso otras os ebocan nostalgia. Si ya es complicado ir yendo descubriendo lo que somos, la cosa se complica cuando lo hacen los demás. No os preocupéis, no voy a hablar aqui del manido tema de las máscaras que muchas veces nos ponemos para dar una determinada imagen ante los demás, sino que voy a hablar del derecho que otras personas tienen a conocer cómo de verdad somos. Aunque muchas veces no lo cumpla o lo haya cumplido, creo en el derecho que tienen las personas que te quieren a conocerte y a descubrirte como eres. Y como derecho que es, lleva unido a él una obligación, la de cada uno de nosotros a hacerlo.


Sé que no soy el más indicado para decirlo ya que en numerosas ocasiones no lo cumplo o lo voy dando en píldoras pequeñas. Pero también es cierto que poco a poco, por las experiencias de la vida voy descubriendo la necesidad de hacerlo. Pero tampoco creo que esto sea incompatible con el hecho de tener tu mundo propio, tu propio espacio. Los extremos nunca son buenos, y ni es bueno el hecho de considerarte un superman que cree que no necesita a nadie, ni el de no poder tomar una decisión por lo pequeña que sea sin buscar la aprobación y dependencia de los demás. De hecho, ambos extremos denotan miedos e inseguridades.


Hasta hace poco estaba leyendo un libro que resume todo esto y que se llama el miedo a la libertad. En él, se intenta explicar el por qué de nuestro miedo a ser nosotros mismos. Quizás sea el miedo a equivocarnos, a sufrir, el que nos evita ser totalmente libres.


"No te di, Adamo, ni un puesto determinado ni un
aspecto propio ni función alguna que te fuera peculiar,
con el fin de que aquel puesto, aquel aspecto,
aquella función por los que te decidieras, los obtengas
y conserves según tu deseo y designio. La naturaleza
limitada de los otros se halla determinada por las
leyes que yo he dictado. La tuya, tú mismo la determinarás
sin estar limitado por barrera ninguna, por tu
propia voluntad, en cuyas manos te he confiado. Te
puse en el centro del mundo con el fin de que pudieras
observar desde allí todo lo que existe en el mundo.
No te hice ni celestial ni terrenal, ni mortal ni inmortal,
con el fin de que —casi libre y soberano artífice
de tí mismo— te plasmaras y te esculpieras en
la forma que te hubieras elegido.
Podrás degenerar hacia las cosas inferiores que son los brutos; podrás
—de acuerdo con la decisión de tu voluntad— regenerarte
hacia las cosas superiores que son divinas."

Oratio de hominis dignitate.

"Nothing then is unchangeable but the inherent and
inalienable rights of man. —THOMAS JEFFERSON"
"Sólo al soñar tenemos libertad. Siempre fue así y siempre lo será". - El club de los poetas muertos